sábado, 10 de abril de 2010

Reflexiones sobre el eBook (II)


En el anterior post hablé de cómo imaginaba el formato de libro electrónico que acabaría por imponerse. En este quiero hablar de algo que atañe no sólo al eBook, sinó también a cualquier archivo con contenido artístico sujeto o no a derechos de autor: el canal: Internet.

Si tenemos en mente el esquema de la comunicación de Jakobson (emisor, receptor, código, mensaje...), diremos que el canal tradicional del código que encripta el mensaje literario era el papel, la tinta y el haz de fotones que tras rebotar en los mismos viajaba por el aire hasta llegar a ojos del lector para ser desencriptado en su cerebro. La idiosincracia de este canal hacía que el acceso al mensaje literario por parte del receptor dependiera directamente del acceso que tuviera a ese espectro de luz rebotado en lo escrito, y por ende, del acceso a una copia en tinta sobre papel del mismo. Consecuentemente, el modelo de negocio hasta nuestros días ha sido el comercio de copias del mensaje, es decir la reproducción más o menos automática del mensaje literario codificado sobre multiples canales no siempre idénticos entre sí pero siempre análogos (copias manuscritas, impresiones en serie, fotografías, vinilos) y que le daban la posibilidad de difundirse al mismo tiempo que constituían la mercancía para el comercio.

Pero Internet se ha revelado como un canal con una idiosincracia distinta a la del papel. Sobre todo en algo crucial para ese modelo de negocio: la copia ha dejado de existir como condición sine qua non para el acceso del lector al mensaje.

Me explico. Cuando uno consulta un documento digital que contiene encriptado en ceros y unos un código lingüístico en un alfabeto cualquiera que a su vez es desencriptado por el lector para reconstruir el mensaje, lo que hace no es generar una copia nueva del mensaje literario suplantando el rol del editor, el impresor y el librero, sinó que lo que hace es acceder por su propia puerta al canal donde este mensaje está contenido, encriptado y sostenido en el tiempo. Es decir, en Internet, entendido como el canal que es, existe una sola copia de todo lo que hay, independientemente de si el mensaje codificado en digital se encuentra almacenado en uno o en varios servidores. La idiosincracia de Internet como canal, lo que lo hace realmente novedoso, es precisamente esa capacidad de acceso selectivo por parte del receptor a los mensajes que transporta, como si en un mercado uno pudiera seleccionar qué quiere escuchar y qué no dentro del rumor de voces del tumulto; la capacidad de suspender los mensajes en el tiempo hasta que son recibidos por el lector, como lo hace el papel con los textos impresos en él; la repetición más o menos intensa del mensaje, como si de un eco se tratara; y la generación constante de vínculos que establece entre todo su contenido (entre lo que ya contenía antes de la emisión del nuevo mensaje, el propio mensaje nuevo y todo aquello que a partir de entonces sea añadido). De algún modo, la gracia de Internet es que funciona como una especie de hipercanal lingüístico, un gran laberinto cerrado de espejos que repite sin cesar cada haz de luz, cada mensaje, que se arroja dentro.

Pretender la exclusividad de explotación económica de cualquier mensaje codificado que se encuentre en Internet es lo mismo que tratar de coger la playa con las manos. Como he dicho, en Internet no existe más que una copia de cada cosa, del mismo modo que si miro a alguien con un prisma ante los ojos lo veré repetido diversas veces, pero seguirá habiendo sólo un alguien y no tantos como yo sea capaz de ver a través del prisma. Internet no vulnera el copyright per se, el único que lo hace es el primero que cuelga algo en la red si no posee los derechos de autor.

Hacer una copia de algo sujeto a derechos de autor no es ilegal según el modelo no anglosajón de la idea de propiedad intelectual y moral de una obra. Por lo tanto, según nuestra legislación, colgar cualquier obra en internet no es ilegal. Lo que sí que lo es, es lucrarse del modo que sea utilizando esa obra. Ahí es donde la SGAE tiene toda la razón del mundo en pedir su tanto por ciento (no es justo que un dramaturgo escriba una obra durante un año sin ver un duro por ella y una compañía teatral pueda lucrarse de ella en pocos meses sin que el autor gane nada de nada). La desorientada SGAE haría bien en dejar de pedir ese porcentaje en bodas y peluquerías, pues difícilmente podría alegarse que lo que ahí se hace sea sacar rendimiento económico alguno del mensaje codificado sujeto a derechos de autor.

El modelo de venta pormenorizada de libros electrónicos por Internet es tan absurdo que en breve será pasto de la piratería (y más teniendo en cuenta el precio a los que pretenden venderlos). En el momento en que alguien compre el libro estará legitimado para lanzarlo por Internet de nuevo por donde quiera siempre que no se lucre y quien reciba ese mensaje por esos vericuetos de ese hipercanal que es la red, estará legitimado a no pagar un duro por copia nueva, pues lo que estará haciendo es leer la misma que ya compró el primer lector: la misma que colgó su editor al ser el primero en lanzarla a la red, el único momento en que realmente podemos pensar que existe todavía la posibilidad de hacer algún negocio con el viejo modelo de la venta de copias de los mensajes.

No tengo las soluciones para equilibrar de nuevo la balanza. Pero no podemos negar la idiosincracia que hace grande ese nuevo canal comunicativo. Debemos tratar de adaptar e inventar los modelos de reparto del beneficio a la nueva situación según los esfuerzos humanos de cada cual; no tratar de perpetuar artificialmente modelos de negocio que tenían su razón de ser bajo otros esquemas de difusión de la comunicación, pero que no admiten analogía alguna con el nuevo contexto.

5 comentarios:

Maga Despistada dijo...

Buena reflexión, chulo :)

El dinero cada vez tiene menos razón de ser. Yo dejaría de contemplar el arte como bien de unos pocos y lo haría tan familiar como el asfalto que piso, que no viene firmado por los paletas que lo construyeron.

¿No crees que no hemos asimilado cómo la red construye un consciente colectivo y cómo se está reinventando la creación a través de ella?

Pedro dijo...

Haciendo la ronda nocturna de blogs, llego hasta aquí y aquí paro y comento.

Entonces, si yo compro un libro digital y lo cuelgo en la red es como si me compro un libro de verdad (reflexión: ¿qué es un libro?) y se lo presto a todo aquel que me lo pida, porque todo el mundo es mi amigo. Bien. Seamos todos amigos, pues.

Desde un punto de vista empresarial, una solución sería vender los libros digitales a ochenta mil euros, para así amortizar las copias que dejan de venderse como consecuencia de la venta de la primera. El Estado podría comprar esas "primeras copias" y distribuirlas como ya hace con la red de bibliotecas.

Otra solución, quizá más práctica, sería vender las copias a ochenta céntimos (de hecho, mi libro de verdad de La Odisea me costó sesenta, nuevo), ya que la copia en sí sola no genera gasto alguno ni de producción ni de distribución y el ser humano es vago por naturaleza.

Hasta aquí, lo evidente. Dando un paso más allá...¿un Spotify de libros?

Marçal Font dijo...

Exacto, si tu compras un libro (sea en digital o en papel, que ambas definiciones aparecen ya en la RAE)puedes prestarlo a quien quieras. No es ilegal incluso regalarlo a un amigo. Y como en Internet, según defiendo, copia sólo hay una y el resto son los reflejos de la misma, efectivamente, la opción de venta de la copia es única y sólo puede darse una vez si no hay reedición de la misma (es decir, no existiría la reimpresión, pero sí la posibilidad de hacer versiones nuevas de una misma obra hasta la enésima potencia). Eso no es tan raro, en pintura y escultura ya pasa desde siempre y el modelo de negocio se ha adaptado a ello. No es lo mismo tratar de comprar el Guernica que consultar una reproducción digital del cuadro. Imagina: U2 saca un nuevo tema y quiere venderlo. Que lo ponga a subasta. Igual lo compra un rico japonés para su uso y disfrute privado, como lo puede comprar un club de fans. El grupo lo puede subastar a vender a precio fijo. Quien adquiriera la copia estaría en su total derecho de compartirlo con sus "amigos" por Internet o no.

Marçal Font dijo...

Y sí, un Spotify de libros (o algo mejor a poder ser) en ediciones integrales creo que es algo que acabará cayendo por su propio peso.

Sé que un poco es de Pero Grullo lo que digo en estos posts, pero necesitaba escribir sobre ello para ordenarme las ideas :P

Pedro dijo...

Pues eso es algo valioso, porque nos ayuda a los demás a ordenarnos las ideas también.