miércoles, 10 de febrero de 2010

Locos con cetro


Es lo peor que puede pasarnos. Tener un rey loco. Pienso en la Reina de Corazones. Pero también en Luis II de Baviera con sus castillos-pastiche y sus suicidios lacustres. En Akenatón y su henoteísmo de carpetazo y nueva ciudad. En Hitler y su megalomanía histérica de 'están por todas partes, Charlie'. O en el Calígula de Camus, que quería la Luna, como no. Estos son los locos con cetro a gran escala. Los que provocaron el dolor masivo de las almas sobre las que tenían algún poder. Pero donde abundan más es a escala doméstica.

Los hay (ellos o ellas) que maltratan a sus parejas o atormentan psicológicamente a los hijos en arrebatos más o menos regulares. Los hay que lo son por cobardía, por miedo a perder el control de lo ajeno y acaban por perderse a sí mismos. Pero los peores locos con cetro son aquellos que por no mirarse al espejo, cargan toda su negrura en sus prójimos: los ojos siempre en el cogote del otro para no ver sus propias hechuras. Son los peores porque serían capaces de mandar a todo el mundo al psiquiátra con tal de no atender a sus propios desajustes emocionales, a sus miedos y a sus errores: los que tiene todo ser humano. Son los peores porque son despóticos, juzgan sin mirar, predican sin ver, y como diría Chejov, son gente oscura que en lugar de aportar luz y energía al mundo, la chupan y la sancionan bajo el estandarte de un bien falaz que sólo ellos, vicarios de su majadería en la tierra, son capaces de ver. Y son los peores porque suelen pasar por cuerdos aunque precisen día sí, día también, de pastillitas parche para seguir en pie y no derrumbarse: ellos toman antidepresivos, ansiolíticos y barbitúricos; los demás no sabemos de qué va la vida y estamos todos, absolutamente todos, equivocados y tarados a su entender desquiciado.

Digamos basta. Estoy harto del actual poder de los dementes. Desde siempre, al general retirado con metralla en la neurona, se le vistió de uniforme, se le colgaron las medallas, se le compró un caballo de cartón y una espada de corcho, se le hizo un sombrero de papel y se le encerró en un cuarto para que jugara a la guerra él solo mientras se le daba repetidamente el sí de los tontos. Afuera, el mundo seguía dando vueltas, sano y limpio de sus delirios de grandeza. Hagamos otra vez lo mismo, recuperemos esa vieja y saludable costumbre. No podemos seguir dejando que los locos gobiernen las naves sólo porque tienen más dinero o en aras de un sujetivismo mal entendido o un relativismo mecanicista y sin dios. Basta ya de majaretas con poder, basta ya de claudicar ante los chantajes emocionales del desequilibrado, basta ya de locos con cetro.